Alejandro Sieveking y Bélgica Castro: “Nosotros celebramos todo el año”

Alejandro Sieveking y Bélgica Castro: “Nosotros celebramos todo el año”

En la previa de un nuevo 14 de febrero, el Día de los Enamorados, conversamos con una de las parejas más importantes del teatro chileno. Junto a ellos revisamos su historia que ya cumple 60 años, y que parece no tener fin, ya que en abril vuelven a las tablas con el montaje Pobre Inés, sentada ahí en CA660.

Por Karina Mondaca Cea

Sin ser antojadizos, Bélgica Castro y Alejandro Sieveking son una parte importante de la historia del teatro chileno. Ella, actriz con más de 70 años de trayectoria, más de 100 montajes teatrales en su currículum y otra decena de apariciones en películas y televisión. Él, actor, director, dramaturgo, autor de más de 40 obras y dos novelas literarias. Todas cifras impactantes para dos artistas que, con 94 y 81 años respectivamente, han logrado gracias a su pasión y talento, dos elementos que parecieran no tener fecha de expiración.

Pero además de sus méritos artísticos, la pareja se ha robado el corazón de los teatreros por su relación amorosa, la que comenzó tímidamente hace ya seis décadas en una escuela de teatro y que se ha cultivado entremedio de escenarios, textos dramáticos, giras teatrales y compañeros inolvidables. Este 2016, Bélgica y Alejandro celebran su aniversario número 54 y a pocos días del llamado Día del amor, quisieron revisar su historia, a pesar de no creer en las fechas especiales. “No celebramos nada. De hecho, ni siquiera celebramos nuestros cumpleaños, ni la Pascua ni Año Nuevo, porque nosotros celebramos todo el año”, dice Alejandro. “Los regalos son para cuando encuentras un regalo, no porque es el ‘día de’, sino porque todos los días pueden ser días de regalo… si es que hay plata”, agrega entre risas.

El antes de

“Bélgica era una estrella”. Así recuerda Alejandro Sieveking la época en la que conoció a la que ahora es su esposa, pero que en 1955 era su profesora de Historia del Teatro en la Universidad de Chile. Pero el flechazo había llegado años antes, cuando siendo un veinteañero, fue al Teatro Municipal y la vio en el escenario junto a sus compañeros del Teatro Experimental de la Universidad de Chile. “Yo ya me había enamorisqueao’ de ella años atrás”, confiesa Alejandro coquetamente, mientras mira a Bélgica de reojo en el living de su apartamento ubicado frente al Cerro Santa Lucía, en Santiago. “La vi en una versión del Tío Vania de Antón Chéjov, que hicieron en… ¿1953? Ahí ella era Sonia, la sobrina del Tío Vania. La vi y pensé ‘Qué tipa más fantástica’”.

Tuvieron que pasar un par de años para que volvieran a encontrarse, esta vez en una de las salas de clases de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Bélgica había viajado años antes desde Concepción para estudiar Castellano en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, carrera que nunca ejerció porque el amor por la actuación fue más fuerte. Pero la aventura valió la pena, porque ya en 1955 era una reconocida y aplaudida actriz, que también las hacía de profesora en la casa universitaria.

Alejandro había recién entrado a estudiar teatro, después de dos años intentándolo en Arquitectura, cuando una Bélgica de 34 años, fue su profesora. Pero el romance empezaría un semestre después, luego que ella volviera de Uruguay, tras ser invitada por Atahualpa del Cioppo a participar de un ya conocido Tío Vania de Chéjov. “Estuvo como seis o cinco meses allá, y cuando vuelve, llegó a reemplazar a una actriz que se había ido a Estados Unidos con su marido. Justo era un papel que andaba en el mismo grupo mío. Entonces se dio que sobre el escenario conversábamos siempre, pero también bajo del escenario. Y bueno, así comenzamos a… conversar más”, dice entre risas Alejandro. “De más cerquita”, agrega Bélgica de forma cómplice.

El problema no era sólo la diferencia de edad (13 años), sino que además Bélgica seguía casada y tenía un hijo. “Una vez un profesor de la universidad me llamó aparte, me invitó a tomar té y me dijo que estaba completamente loca”, recuerda mientras observa a su gato Aliocha Caramacho. ¿Nunca pensó que se estaba arriesgando con él? El no de Bélgica es rotundo: “No, no no. Es igual como con toda la gente que se enamora, uno lo empieza a encontrar fantástico no más. Todo estaba fantástico, perfecto. Muy agradable y muy culto. Eso era importante para mí, para pololear”.

El equipo