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Estado Vegetal: Hacia una muerte ideológica del antropocentrismo


Estado Vegetal: Hacia una muerte ideológica del antropocentrismo

Este texto fue creado en el Taller de Crítica a cargo de Javier Ibacache, el cual forma parte de las actividades de LAB Escénico de Teatro Hoy 2017. Por esto mismo, los comentarios que aparecen a continuación son de exclusiva responsabilidad de su autor, y no corresponden necesariamente a la opinión de Fundación Teatro a Mil.

Por Tomás Montes

La obra Estado Vegetal, escrita y dirigida por Manuela Infante y actuada por Marcela Salinas, no se presenta como un monólogo convencional. Ni la evolución dramática del texto ni de la acción se articulan como elementos hegemónicos de la escena. No, esta es una obra de luz y sonido, de objetos y cuerpo. Esta no es la obra de una madre que pierde a su hijo en un choque, porque esta obra no se trata sobre acontecimientos humanos. Esta es una obra sobre plantas.

¿Cómo así? Estado Vegetal cuestiona la posición antropocéntrica en la que nos plantamos los humanos hoy para afrontar la existencia sobre este planeta, y defiende una ideología vegetal de la vivencia. Esta filosofía antropocentrista no es necesariamente inherente a nuestra especie, sino que es un constructo histórico y cultural. Es una tradición propia de la cultura occidental, que encuentra sus orígenes en el período del Renacimiento, para luego ir mutando junto la Modernidad, la Revolución industrial y el Capitalismo.

Hoy se vive con una constante urgencia por cumplir metas, plazos, horarios. Nos apura la producción, la venta, captar la atención de los clientes. Los smartphones median la relación con la realidad, y las redes sociales median las relaciones interpersonales, generando una vacía sensación de permanente conexión. Hoy existe un malestar general que se expresa en la falta de tiempo para darle todo a lo que realmente quisiéramos entregarle tiempo.

La obra nos ofrece varias preguntas: ¿qué tal si en vez de correr de un lado al otro de la ciudad renunciáramos a nuestra movilidad, como las plantas? ¿Y qué tal si viviéramos el tiempo como un círculo y no como una recta? ¿Qué tal si viviéramos en el tiempo, no contra él?

En este caso, la actriz se sitúa en un rol polifónico: narra desde diferentes voces el accidente en moto de un joven que se estrelló contra un árbol. Son las voces de don Raúl (encargado municipal de áreas verdes), de la Vecina (testigo del accidente), de la Madre, es la voz del joven cuando niño, actuando de árbol en el viento en una obra de teatro. Estas voces se mezclan y sobreponen. Son un ciclo y un coro y un collage. Son las voces múltiples de la conciencia vegetal. La actuación de Salinas se pasea con maestría entre sus distintas caracterizaciones, hilvanando sensiblemente entre el humor y lo vulnerable, la emoción abierta. Su quehacer vocal y físico se sustenta en un nutrido trabajo de imágenes.

El espacio escénico, a cargo de Rocío Hernández, es otra dimensión de la puesta en escena que constantemente insinúa, resignifica y de pronto vacía de significado. El diseño lumínico, en una síntesis bella, describe al arco que es el recorrido del sol. Los maseteros-mamushka sirven a la operación escénica de cuestionar lo dado por supuesto: lo único se vuelve divisible, donde hubo suelo hay un mundo subterráneo de raíces.

A medida que avanza la obra, o quizás en la medida de que redunda, la abuelita se transforma en planta, la casa desaparece bajo el follaje, el planeta se recubre de verde. Es decir, todo lo humano va cediendo a la metamorfosis vegetal, donde ya no quedan operaciones de significante-significado y solo queda contemplar la opacidad verde de signos y emocionarse.

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