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29 junio 2018

Diálogos a-distancia. Conexiones creativas entre Chile y Alemania – Parte 1

¿Qué conexiones, urgencias o búsquedas pueden existir entre creadores chilenos y alemanes? Mauricio Barría, director, dramaturgo y académico, explora las preguntas y apuestas que atraviesan la creación teatral de hoy, un síntoma que lo vuelve a conectar con su lado político. En estas cartas desde Leipzig, el académico se aproximará al espíritu de una época a través de tres obras de destacados artistas alemanes, tres urgencias y estrategias en correspondencia: hoy es el turno de Five easy pieces, de Milo Rau.

Por Mauricio Barría

Interesante constatar cómo las preguntas que rondan nuestros países, las maneras de enfrentarlas, y los recursos teatrales que las traducen puedan coincidir tanto. Ya no hablamos de un diálogo unívoco, pues ya no es claro si se trata aquí que exista un original y una copia. Más bien encuentros, cruces y contaminaciones de época que tal vez son síntoma de una misma circunstancia: la crisis de un sistema de democracia representativo, que parece ya no ajustarse a las demandas de participación de una ciudadanía que vuelve a preguntarse por el lugar donde reside la soberanía. Pareciera que el teatro vuelve a conectarse con esa exigencia profundamente política que lo vio nacer, no en el sentido de ser una pantalla a través de la cual veíamos la realidad, sino de ser la plaza pública donde debatimos, deliberamos sobre cómo queremos vivir: un laboratorio práctico y abierto de la imaginación social, donde jugamos con los hechos como posibilidades. Algunos dicen que el siglo XIX fue el siglo del dramaturgo, el XX el del Director, y el XXI lo es el del público, sin duda.

Five easy pieces, de Milo Rau, violencia contra la infancia o los sórdidos retruécanos de la complicidad, en clave teatro de lo real.

Five easy pieces, obra construida a partir de la participación de un grupo de niños que el director Milo Rau convoca para hablar sobre un tema bastante sórdido: el caso del asesino de niños Marc Doutroux que, entre 1995 y 1996, secuestró y violó a seis niñas y mató a dos de ellas en Bélgica. Durante el montaje se suceden una serie de breves episodios sencillos en que los niños van asumiendo diversos roles, desde el padre de Doutroux que cuenta su vida en una colonia en África, o un policía que le toca revisar la escena del crimen, hasta los jueces que condenaron a Doutroux o los padres de una de las víctimas que se enteran por teléfono de la situación de su hija. Mientras se suceden los episodios, vamos dándonos cuenta como una situación de este tipo sorprende a la policía y al sistema judicial, convirtiéndose ellos, sin querer, en responsables por omisión de los crímenes. Desde ya la elección de tratar esta historia con niños resulta compleja. ¿Es que aliviana la pesadez de lo que se cuenta o, por el contrario, nos pone a nosotros como espectadores en una ambigua condición de cómplices, al ver a un grupo de niños que juegan a ser adultos y no sabemos si comprenden del todo el trasfondo de horror de lo que presentan? De hecho, el propio Rau describe la obra como una experiencia de confrontación estética que analiza los límites de lo que los niños saben, sienten y hacen con nuestros propios miedos y deseos. La obra, sin embargo, es en extremo delicada. Un actor sobre el escenario que juega el papel del director de un casting es quien les va proponiendo las diversas escenas y junto con ello las registra a través de un video cuya reproducción está continuamente presente sobre el escenario. Las escenas adquieren la forma de pequeños monólogos, o sencillos diálogos como efectivamente creados por los niños, los que están siempre en escena realizando también diversos papeles de asistencia al director adulto. ¿Recreación (reenactment) de un casting, teatro de lo real o un ejercicio sobre el límite moral de la representación? No obstante, los niños aparentemente solo juegan, su presencia sobre el escenario es impresionante, alguno de ellos de tanto en tanto hace un comentario agudo, pero en general las reflexiones van por parte de los espectadores confrontados. Aun así persiste para mí la pregunta de hasta qué punto la obra no replica, en términos suaves, la violencia que pretende denunciar al utilizar a niños que no sabemos si comprenden completamente lo que hacen. O queda la duda de si al fin era importante la historia del asesino de niños, o el ejercicio se centraba en esta pregunta estética-moral por los límites donde la puesta en escena, por lo tanto, genera una especie de laboratorio de investigación social. Preguntas, que sin embargo, me dejan una palabra resonando, el significado de la complicidad.

Milo Rau (1977) es un director de teatro y cine suizo. El 2007 funda The International Institute of Political Murder (IIPM) conocido por su singular y densa forma de teatro político documental con un foco especial en la adaptación multimedia de conflictos históricos o sociales. Entre sus trabajos más conocidos está Los últimos días de Ceausescus, Los juicios de Moscú y Campo. Ha sido invitado al Festival de Avignon y al Berlin Theatertreffen, entre otros.

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