[Crítica escénica] Every-one: Una experiencia comunitaria

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22 enero 2018

[Crítica escénica] Every-one: Una experiencia comunitaria

Este texto fue creado en el Taller de Crítica a cargo de Javier Ibacache, el cual forma parte de las actividades de LAB Escénico del Festival Santiago a Mil 2018. Por esto mismo, los comentarios que aparecen a continuación son de exclusiva responsabilidad de su autor, y no corresponden necesariamente a la opinión de Fundación Teatro a Mil.

Por Javiera Mateluna

En el marco del Festival Internacional Santiago a Mil 2018, se presentó de manera gratuita y para todo público la intervención Every-One, dirigida por el coreógrafo austríaco Willi Dorner. En ésta, un grupo conformado por ocho bailarines, tanto hombres como mujeres, se desplazan por diferentes puntos del centro de Santiago en los que despliegan coreografías apoyadas a ratos por letras de canciones, elementos sonoros, audiovisuales y de utilería.

El escenario de Every-One es la calle, lugar en el que se desenvuelven los cuerpos comenzando su recorrido desde la Plaza de Carabineros para luego continuar hacia el parque San Borja, posteriormente hacia la bajada del metro Universidad Católica, por la calle Carabineros de Chile y para terminar en pleno corazón del Barrio Lastarria. Es a lo largo de este circuito que los cuerpos, uniformados colegialmente con zapatos y calcetines negros, faldas grises y blusas blancas puestas al revés, se posicionan para ejecutar de manera grupal diferentes secuencias coreográficas organizadas que tienden a ser reiterativas y cuidadosamente ejecutadas. El trabajo colectivo de los intérpretes es, en este sentido, la sustancia del espectáculo debido a que juntos logran conformar una maquinaria en la que cada miembro es imprescindible para lograr el resultado final.

Willi Dorner, la mente creadora de esta intervención, que fue presentada por primera vez el año 2016 en Salzburgo, toma como inspiración la década de 1920 y sus consecuencias sociales a partir de la industrialización y la producción en serie de nuevos bienes para las personas. Para algunas capitales europeas el proceso de industrialización implicó el aumento de las migraciones campo-ciudad, distintos avances tecnológicos, y la normalización de los horarios laborales para los trabajadores, entre otros. La producción en serie resulta un beneficio para este proceso al organizar la fabricación de los productos mediante distintas etapas consecutivas en las cuales los trabajadores realizan una misma actividad repetitivamente para luego pasar a la siguiente etapa de elaboración del producto. En Every-One se evidencia este rasgo desde un inicio cuando los bailarines se enumeran para ejecutar sus movimientos uno tras otro, repitiéndolos, de manera casi mecánica y uniforme con el objeto de cuestionar por sobre todo la rutina y la estandarización de los cuerpos en el espacio citadino. De ahí se explica, por ejemplo, el uso de un vestuario uniformado y la sencillez de los recursos audiovisuales que constituyen un complemento para la atmósfera de monotonía que desde el inicio de la intervención se va desarrollando.

Algunas de las grandes ventajas de la producción en serie son el abaratamiento de costos y la aceleración de la producción para que las ganancias de las ventas logren superar con creces los valores que se invierten en su elaboración. El dinero, entonces, se vuelve el centro en torno al cual gira la sociedad moderna y Every-One lo recalca con la letra de la canción We’re in the money, pieza originaria de la obra neoyorkina 42nd street musical que fue estrenada en 1980: “Atrás han quedado mis penas,/ y se fueron mis lágrimas./ Tengo buenas noticias/ para gritarte al oído./ El dólar ha vuelto./ Con dinero puedes convertir tus sueños en realidad”. En el contexto de la sociedad chilena actual, el panorama no es tan diferente. Si caminamos por las calles podemos percatarnos en seguida de la importancia que continúa teniendo el dinero para nuestras vidas con el exceso de publicidad, el comercio callejero, los establecimientos comerciales y privados, etcétera, de modo que esta intervención austríaca basada en 1920 parece dialogar con nuestro entorno.

Sin embargo, resulta paradójico que una intervención que pretende cuestionar la rutina y la normalización de los individuos, producto de los cambios socioeconómicos que ocurren en la Europa del siglo XX, logre que los espectadores vuelvan a congregarse, a ver la ciudad desde otra perspectiva y otorgarle un nuevo significado para refundar sus espacios a través de una nueva experiencia. Esto es instar a que el público vuelva a hacerse comunidad en Santiago de Chile en un entorno en el que impera el individualismo como derivado de una sociedad consumista y neoliberal. Así, pese a la escasez de recursos audiovisuales, musicales y el exceso de una rutina coreográfica que se desarrolla el escenario de la calle -ese que puede presentar inconvenientes para representar cualquier espectáculo-, Every-One logra captar la atención no solo de aquel público que premeditadamente ha optado por ir a ver esta intervención, sino también de los transeúntes de la Alameda, los jóvenes que realizan sus actividades deportivas en el Parque San Borja, los estudiantes de alguna de las universidades aledañas, los turistas del Barrio Lastarria, etc. En suma, Every-One es una intervención que nos otorga un breve momento experiencial para que volvamos a retornar a ese pasado comunitario que alguna vez tuvo Chile y que hoy tanto precisamos.

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