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24 julio 2018

Cada Minuto Cuenta: Carnaval

20 de junio | 16.00 horas

Es media tarde y me aproximo al Taller Siglo XX, lugar en el que ensaya Trinidad González, su hermano, el músico Tomás González, y Matteo Citarella, para la obra Carnaval.  Fue luego de la experiencia de Trinidad, como profesora de un taller de teatro para niños y niñas de la región de Yungas (Bolivia), cuando comenzó a escribir el texto que más tarde daría vida a este montaje, que reflexiona sobre la niñez y las distintas situaciones de violencia e injusticia que afectan a esta población alrededor de todo el mundo.

Entro a la sala y está todo oscuro, sólo escucho voces. Están ensayando y no se ven. Al parecer vocalizan detrás del telón, yo vislumbro una silla e instrumentos musicales. Entra Citarella caracterizado y lo siguen los hermanos González. Tomás no está maquillado, entonces la directora le pide que vuelva a hacerlo “Tomás, tienes que maquillarte, hoy nos van a sacar fotos” le recuerda, y caminan juntos al tras bambalinas. Yo los sigo y traspaso este velo negro, inmediatamente me encuentro con el camarín.



 Tomás está inseguro de su maquillaje, la idea es que se vean manchados, y esas manchas tienen muchas interpretaciones, unos pueden verlas como suciedad, otros como emociones, una carga. Trinidad comienza a ayudarlo con el maquillaje y le dice “no Tomás, así no, tiene que ser un poco más sutil”, entonces toma el pincel y termina con el trabajo. Hay mucha complicidad entre ellos, y en el grupo en general, se tratan con cariño y se ríen constantemente.

Volvemos al escenario y parte el ensayo. Todo en la escena es angustiante: sus rostros, sus textos, los objetos que utilizan, la situación habla por sí sola. La música toma un gran protagonismo, Tomás compone en vivo las pistas y se forman capas de voces sobre voces, que crean una atmósfera en cada “interludio” musical. Esto funciona como un respiro a la crudeza de lo que relatan las historias de los niños y niñas, pero a la vez es un grito descarnado de libertar, de distensión, esa distensión que emerge del mismo sufrimiento, transformada en carnaval.  Trinidad dice al respecto que la música “es un personaje más. Musicalmente iremos sintiendo que las piezas forman parte de un todo, que hablan de la realidad del ser humano en el mundo, que no responden a un lugar específico”. 


 


Si bien no vemos niños en el escenario, las expresiones faciales, el desplante corporal, el vestuario y los textos demuestran infancia y niñez. Todo es creado desde la inocencia de la mirada infantil. Textos cortados, llantos desde la guata y frases que nos llevan a lo más íntimo y nos invitan a recorrer los relatos, que si bien son diferentes, logran crear este collage de experiencias y unir las distintas temáticas: pobreza, sufrimiento y precariedad. A pesar de esto, surge el humor. Sin ser explícito nos reímos de como divagan los niños bolivianos, sus preocupaciones y su manera de enfrentar los problemas parece graciosa en un contexto de tanta necesidad.

La directora está muy preocupada de lo que sentimos las personas que vemos, le importa provocar esa angustia y al mismo tiempo suavizarla con la sensación de carnaval, la música  y el tratamiento sonoro. Hay pruebas de iluminación mientras ensayan y a Tomás le cuesta un poco más saber dónde tiene que pararse. El tratamiento de la iluminación es muy importante: abre y cierra espacios, crea atmósferas y desvaneces escenas.

Trinidad me pregunta cómo me sentí y le cuento un poco. Se ríen de que estrenaron sus zapatos escolares con estas escenas, ya que les costó mucho encontrar en sus tallas. Termina el ensayo y ya están listos para el estreno.



Texto por Constanza Rifo y Fotografías por Felipe Fredes


 

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